Me resulta inmensamente incómoda esta extrañeza que me apuñala. Una puñalada española que me retuerce las tripas. En el espejo hay un viejo, una pesadilla para quien ayer tenía veinticinco años y unos pocos meses de vida. Me miro y veo a otro: el fantasma de las Navidades futuras que ha venido a atormentarme.
Pongo la mano sobre el espejo y veo una mano arrugada, como de lechuza, que no es la mía. Me río, quizá por desesperación, pero me río, y una boca llena de marcas y arrugas se estira, hasta donde se lo permite la flacidez, sobre el cristal frío. Hago bailar la mano sobre el bosque de arrugas. ¡Diablos! Ese no es mi rostro. Es algo que se desploma segundo a segundo. Solo me reconozco en esos ojos extraviados.
Girando un poco la cabeza, veo la grotesca juventud del médico al fondo de la habitación blanca. Congelador. Apareció en cuanto una enfermera alegremente estúpida me vio de pie en la habitación. Le dio un ataque de monerías y salió soltando un grito seco, como si hubiera presenciado una resurrección o visto a un zombi: simples variaciones estéticas de la negación de la muerte.
Después vino el zoológico. Yo, el animal. Con unas ganas orangutanas de tirar mierda al público, que disfrutaba de su placer masturbatorio detrás del cristal. Yo, una fiera incomprensible incluso para mí mismo. Mi cuerpo, que ya no me obedecía del todo, caminó convulso hasta el baño, donde sigo. Mis manos, incapaces de hacer movimientos precisos. ¡Maldita sea! Luego llegó aquel joven médico marmóreo. De pie, con aire de psicomierda y voz de maestro de primaria, intentando explicarme, con tono de cura, que estoy en un hospital, como si yo fuera ciego o imbécil. Intenta, con la cautela de una adúltera, decirme que llevo treinta y tres años aquí, dormido.
La situación es lógica, clara, científica, pero absurda. Recuerdo el «ayer» mientras piso el borde del precipicio del hoy.
— Uy, me olvidé de quitarle el «pause».
Eso debe de estar diciendo la Vida mientras se compra un sándwich en un local de comida rápida. Seguro que sigue habiendo «fast food», porque nunca sobra la mierda. La Vida: esa puta caprichosa. ¿Y qué es esto que veo en el espejo? ¿Un indigente de mí mismo?
— ¿Se encuentra bien? —pregunta el médico.
— Glaucio.
— ¿Ese es su nombre?
— No, es el del enfermero que lleva todo este tiempo dándome por culo a escondidas. —Ante la cara de perplejidad del idiota, me veo obligado a continuar—. ¡Pues claro que es mi nombre! ¿O es que no sabes leer una historia clínica? Dudo que hayan dejado de existir las historias clínicas de los pacientes. ¿O me llamabais cariñosamente «la momia de la habitación X»?
— Comprendo cómo se siente usted…
— No, no lo comprendes. No hay manera de que lo comprendas. Ni yo mismo lo entiendo.
Me di la vuelta y miré al imbécil a los ojos. Qué mierda. Cómo desearía ahora estar en coma.