¿Cerebro social? Sí, leíste bien. Y sí, es una metáfora. El término se refiere a algunas situaciones que creo que ya conoces. ¿Sabes cuando publicas una foto y, unos minutos después, compruebas si alguien le dio «me gusta», o quién lo hizo? ¿O cuando entras en una sala y percibes rápidamente quién te está mirando? ¿O incluso cuando un comentario de un amigo se queda en tu cabeza durante horas, mientras que una crítica parecida hecha por un desconocido tal vez se olvide rápidamente? Pues bien, en algunos momentos, quedar fuera de un grupo parece tener una importancia enorme. En otros, recibir la aprobación solo de las personas que te importan puede cambiar por completo tu día. Si estas situaciones te resultan familiares (¿y quién no ha pasado por algo parecido?), hay una razón para ello: durante la adolescencia, las relaciones sociales adquieren nuevas dimensiones, mientras el cerebro sigue modificando la manera en que procesamos la información sobre nosotros mismos y sobre las demás personas.
Entonces, ¿quiere decir que los adolescentes simplemente se preocuparían más por la opinión ajena? ¡No! La cuestión es más interesante que ese tipo de reduccionismo. Lo que ocurre es que la adolescencia constituye un período en el que aumenta la autonomía respecto de la familia, surgen nuevas formas de amistad, los grupos pasan a desempeñar funciones diferentes y las relaciones afectivas se vuelven progresivamente más complejas. En este contexto, comprender lo que los demás piensan, percibir señales de aceptación o rechazo y aprender a actuar en distintos grupos se convierten en tareas especialmente relevantes. Y el cerebro participa activamente en estas transformaciones.
Pero, al final, ¿existe o no un «cerebro social»?
Sí, la expresión existe y, cuando los neurocientíficos la utilizan, se refieren a un conjunto de regiones y redes cerebrales implicadas en procesos como reconocer emociones, imaginar lo que otra persona puede estar pensando, interpretar intenciones, evaluar información social y reflexionar sobre nosotros mismos en relación con los demás.
En términos neurobiológicos, entre las regiones implicadas en este proceso se encuentran áreas de la corteza prefrontal medial, la unión temporoparietal, partes del surco temporal superior, la ínsula, la corteza cingulada anterior y estructuras relacionadas con el procesamiento de la recompensa, como el estriado ventral. Sin embargo, ninguna de ellas funciona aisladamente como un «centro de la amistad», un «área del rechazo» o una «región de la popularidad», ni tampoco constituyen un «cerebro» aparte del que conocemos. El comportamiento social surge de la actividad coordinada de diferentes sistemas cerebrales, que además interactúan con experiencias previas, características personales y circunstancias sociales.
Durante la adolescencia, varios componentes de estas redes siguen experimentando transformaciones estructurales y funcionales. Al mismo tiempo, aumentan las oportunidades de tomar decisiones que involucran a otras personas. Es necesario interpretar expresiones, comprender ironías, percibir cambios en el comportamiento de los amigos, imaginar cómo será recibido un mensaje, decidir en quién confiar y ajustar el propio comportamiento a contextos sociales diferentes. Estudios sobre cognición social desarrollados por Andrews, Ahmed y Blakemore (2021) sugieren que esta combinación entre cambios cerebrales y cambios en el entorno social ayuda a comprender por qué las relaciones entre pares adquieren tanta importancia en esta etapa de la vida.
¿Por qué importa tanto ser aceptado?
El punto clave está en que pertenecer a grupos siempre ha sido relevante para los seres humanos, porque los grupos ofrecen protección, cooperación, intercambio de información, aprendizaje y oportunidades de establecer relaciones, entre otros aspectos. Al fin y al cabo, desde la Grecia antigua el ser humano ya era percibido como un animal social, como lo elaboró Aristóteles en la Política (Libro I, capítulo 2), al tratar de la pertenencia del hombre a la polis. Esta idea fue reelaborada posteriormente por Rousseau. Durante la adolescencia, sin embargo, esa pertenencia atraviesa una reorganización, a medida que los vínculos con compañeros y amigos ocupan espacios crecientes en la vida cotidiana.
La influencia de los pares puede entenderse dentro de este contexto. Los amigos tienden a compartir maneras de hablar, gustos, comportamientos, opiniones e intereses, construyendo referencias comunes que ayudan a establecer la identidad del grupo. Una amplia revisión de las investigaciones sobre influencia social en la adolescencia, realizada por Laursen y Veenstra (2021), sugiere que parte de este proceso puede contribuir a aumentar la compatibilidad entre amigos y a reducir diferencias capaces de producir distanciamiento o exclusión.
Por eso, percibir lo que los demás aprueban o desaprueban proporciona información social. Cuando observas que determinado comportamiento provoca risas, reconocimiento, reprobación o silencio en un grupo, tu cerebro recibe pistas que pueden orientar comportamientos futuros. Este mecanismo forma parte del aprendizaje social a lo largo de toda la vida y adquiere características particulares durante la adolescencia, cuando nuevos grupos, códigos y formas de pertenencia se experimentan constantemente.
¿Y por qué el rechazo puede molestar tanto?
Imagina llegar a la escuela y descubrir que todos tus amigos fueron invitados a una fiesta, menos tú, o darte cuenta de que tus mensajes están siendo ignorados en un grupo. ¿Ya has tenido esa experiencia? Pues bien, incluso cuando no hay ninguna agresión física, situaciones como estas pueden producir emociones intensas y dejarnos marcados.
Experimentos de neuroimagen realizados por Masten y colaboradores (2009) buscaron investigar lo que ocurre durante experiencias simuladas de exclusión social. En un estudio que se convirtió en referencia en este campo, adolescentes participaron, durante una resonancia magnética funcional, en un juego virtual en el que creían estar interactuando con otros jóvenes. En determinado momento, empezaron a ser excluidos del juego. Los resultados revelaron la asociación de este tipo de experiencia con actividad en regiones implicadas en el procesamiento de información emocionalmente relevante y en la regulación de las respuestas a la exclusión, incluidas la ínsula, partes de la corteza cingulada y regiones prefrontales.
Miremos, sin embargo, estos datos con cuidado, porque una imagen cerebral, por sí sola, no permite afirmar exactamente «lo que alguien está sintiendo», y una misma región cerebral puede participar en muchas funciones diferentes. Aun así, el conjunto de los resultados indica que las experiencias de aceptación y rechazo movilizan sistemas implicados en la evaluación del significado social de los acontecimientos, lo que permite comprender por qué una experiencia aparentemente simple, como ser ignorado por un grupo, puede adquirir una gran importancia subjetiva.
La acumulación de experiencias previas también parece marcar una diferencia, pues investigaciones con adolescentes que tenían un historial de rechazo continuado por parte de sus pares encontraron una mayor respuesta en regiones asociadas a la detección y evaluación de la exclusión social, lo que sugiere que nuestra historia de relaciones puede influir en la manera en que se procesan situaciones sociales posteriores (Will et al., 2016).
Esta cuestión de la naturaleza social del cerebro nos lleva a pensar, entonces, en una frase que aparece con frecuencia cuando se habla de adolescencia: «Cuando están con los amigos, los adolescentes hacen cosas que no harían solos».
¿Los amigos hacen que los adolescentes tomen peores decisiones?
Hay alguna evidencia de que la presencia y la opinión de los pares pueden, de hecho, modificar decisiones, incluso aumentando los comportamientos de riesgo en determinadas circunstancias. Sin embargo, reducir la influencia de los amigos a una fuente de malas decisiones dejaría fuera una parte relevante de la historia, pues la sensibilidad hacia otras personas también puede aumentar comportamientos positivos. La investigación sobre desarrollo social de Andrews, Ahmed y Blakemore (2021), citada anteriormente, indica que la presencia de pares puede favorecer tanto elecciones arriesgadas como comportamientos prosociales, según las normas del grupo y la situación.
De este modo, si el grupo valora estudiar para un examen, participar en un proyecto, practicar un deporte, producir arte, defender a un compañero o apoyar alguna causa, la influencia social también puede actuar en esa dirección positiva. Por lo tanto, ser sensible a los pares forma parte de un sistema de aprendizaje que permite comprender las reglas y expectativas de los entornos sociales de los que formamos parte. No es posible adoptar un binarismo reduccionista del tipo: es positivo o es negativo. Como casi todo en la vida, por cierto. La cuestión más interesante tal vez sea, entonces, entender qué recompensa, valora y convierte en señal de pertenencia un determinado grupo.
¿Y cuando el grupo está dentro del celular?
Ahí la cuestión es de otro orden, porque las redes sociales añadieron una característica particular a estos procesos: muchas formas de aprobación social pasaron a cuantificarse artificialmente en «me gusta», seguidores, contenidos compartidos, visualizaciones y comentarios. Esto transforma parte de la respuesta de las demás personas en números visibles y en un discurso con efecto persuasivo.
En un experimento realizado con adolescentes, Lauren Sherman y colaboradores (2016) crearon una situación similar a Instagram mientras los participantes se sometían a una resonancia magnética funcional. Los jóvenes tenían mayor probabilidad de dar «me gusta» a fotografías que ya aparecían acompañadas de muchos «me gusta», un dato que confirma algunos estudios clásicos de la psicología y de la teoría de la comunicación sobre el efecto de conformidad (o conformismo) (Asch, 1955) y el efecto de contagio social o prueba social (conocido popularmente como efecto manada o bandwagon effect) (Cialdini, 2012). Además, las imágenes presentadas como populares se asociaban a una mayor actividad en regiones implicadas en la recompensa, la atención y el procesamiento social.
Esto ayuda a explicar por qué números aparentemente simples pueden adquirir significado. Un «me gusta» no es solo un pequeño símbolo en la pantalla. Según el contexto y la persona que lo ofrece, puede funcionar como información sobre reconocimiento, aprobación o pertenencia.
Hay, sin embargo, grandes diferencias entre adolescentes. Una misma experiencia digital puede ser casi irrelevante para una persona y extremadamente significativa para otra. Estudios recientes vienen mostrando precisamente que características individuales relacionadas con la sensibilidad a las recompensas sociales pueden influir en la relación entre el uso de las redes sociales y las experiencias emocionales cotidianas (Politte-Corn et al., 2024).
Por esa razón, afirmaciones como «las redes sociales le hacen mal al cerebro adolescente» explican muy poco. Es necesario considerar la frecuencia de uso, el tipo de interacción, el contenido consumido, las características del grupo, las experiencias previas, el contexto familiar y las diferencias individuales. Estudios longitudinales encontraron asociaciones entre la frecuencia habitual de revisión de las redes y cambios, a lo largo de los años siguientes, en la respuesta cerebral a la anticipación de información social, aunque los propios autores subrayan que todavía se necesitan investigaciones para comprender el significado de estas asociaciones y establecer sus posibles relaciones causales (Maza et al., 2023).
Entonces, ¿estamos controlados por la opinión de los demás?
Ese tipo de afirmación es muy fuerte y contundente, pero muy incompleta. Ocurre que nuestras elecciones resultan de la interacción entre innumerables influencias, entre ellas la familia, los amigos, la escuela, la cultura, los medios, las experiencias previas, los objetivos personales y las circunstancias del momento, que intervienen en la construcción de las decisiones. Así, decir que «el infierno son los otros» solo sirve como frase de efecto, sin relación con una reflexión más fundamentada. Lo que hoy tenemos por cierto es que, durante la adolescencia, mientras se amplían la vida social y la autonomía, aprender a navegar entre estas influencias forma parte del propio desarrollo, con los riesgos y las precauciones que ello implica.
Así, percibir la influencia de los demás puede, incluso, aumentar nuestra capacidad de decidir. Antes de compartir una publicación solo porque todos la están compartiendo, entrar en una discusión porque tus amigos entraron o aceptar un desafío para demostrar que perteneces al grupo, podrías preguntarte: ¿haría esto si nadie estuviera mirando? Esta pregunta no elimina la influencia social, pero puede hacerla más visible.
Al mismo tiempo, reconocer que otras personas importan no debería entenderse como una señal de debilidad. Al fin y al cabo, somos una especie profundamente social (¿no es así?), que aprende continuamente a partir de sus relaciones. Durante la adolescencia, este sistema encuentra un entorno de experimentación particularmente intenso, en el que amistades, grupos, identidad y reconocimiento se están reconstruyendo.
Tal vez sea precisamente por eso que la opinión de los demás puede parecer tan importante en esta etapa. Mientras aprendemos quiénes somos, también estamos descubriendo quiénes somos ante los demás, con los demás y dentro de los diferentes grupos a los que pertenecemos.
Por todo esto, conviene tener presente, la próxima vez que recibas un «me gusta», leas un comentario u oigas la opinión de un amigo, que todos esos gestos de comunicación pueden afectar la manera en que te sientes. Vale la pena, por lo tanto, empezar a observar tres cosas: quién produjo la reacción que estamos teniendo, por qué importa la opinión de esa persona y qué significa efectivamente esa respuesta para tu sentimiento de pertenencia. Tal vez descubras que comprender el cerebro social es también una manera de comprender mejor las relaciones que construimos con la vida.
Referencias
ANDREWS, Jack L.; AHMED, Saz P.; BLAKEMORE, Sarah-Jayne. Navigating the social environment in adolescence: the role of social brain development. Biological Psychiatry, v. 89, n. 2, p. 109-118, 2021. DOI: 10.1016/j.biopsych.2020.09.012.
ASCH, Solomon E. Opinions and social pressure. Scientific American, v. 193, n. 5, p. 31-35, 1955.
CIALDINI, Robert B. As armas da persuasão. Tradução de Ivo Korytowski. Rio de Janeiro: Sextante, 2012.
LAURSEN, Brett; VEENSTRA, René. Toward understanding the functions of peer influence: a summary and synthesis of recent empirical research. Journal of Research on Adolescence, v. 31, n. 4, p. 889-907, 2021. DOI: 10.1111/jora.12606.
MASTEN, Carrie L. et al. Neural correlates of social exclusion during adolescence: understanding the distress of peer rejection. Social Cognitive and Affective Neuroscience, v. 4, n. 2, p. 143-157, 2009. DOI: 10.1093/scan/nsp007.
MAZA, Maria T. et al. Association of habitual checking behaviors on social media with longitudinal functional brain development. JAMA Pediatrics, v. 177, n. 2, p. 160-167, 2023. DOI: 10.1001/jamapediatrics.2022.4924.
POLITTE-CORN, Madison et al. Neural reactivity to social reward moderates the association between social media use and momentary positive affect in adolescents. Affective Science, 2024. DOI: 10.1007/s42761-024-00237-1.
SHERMAN, Lauren E. et al. The power of the Like in adolescence: effects of peer influence on neural and behavioral responses to social media. Psychological Science, v. 27, n. 7, p. 1027-1035, 2016. DOI: 10.1177/0956797616645673.
WILL, Geert-Jan et al. Chronic childhood peer rejection is associated with heightened neural responses to social exclusion during adolescence. Journal of Abnormal Child Psychology, v. 44, p. 43-55, 2016. DOI: 10.1007/s10802-015-9983-0.
Sobre esta publicación
Este texto fue publicado originalmente en portugués el 28 de octubre de 2026 en la sección NeuroTeen de Ciências e Cognição y se reproduce aquí con autorización: https://cienciasecognicao.org/neuroteen20260903/.
Cómo citar
ARANHA, Glaucio. Cerebro social: por qué la opinión de los demás importa tanto en la adolescencia. Glaucio Aranha, 28 oct. 2026. Disponible en: https://glaucioaranha.com/2026/10/28/cerebro-social-opinion-de-los-demas-adolescencia-es/.

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