Imaginarios tecnocientíficos: ciencia y tecnología construyendo percepciones del futuro

¿Cómo se vuelven culturalmente legibles la Ciencia y la Tecnología y pasan a modelizar lo que los jóvenes reconocen como posible para sus propios futuros? Desde la Semiótica de la Cultura, analizo imaginarios tecnocientíficos, aspiración, mediación y proyectos de vida.

Composição visual em preto e branco sobre imaginários tecnocientíficos, associando ciência, tecnologia e percepções de futuro.

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Hay una dimensión de las relaciones que establecemos con la Ciencia y la Tecnología que, a mi juicio, suele escapar a los enfoques centrados prioritariamente en la adquisición de conocimientos. Podemos conocer determinados conceptos, reconocer equipos, comprender procedimientos o saber, en alguna medida, cómo se produce una evidencia científica y, aun así, encontrarnos ante un universo relativamente restringido en cuanto a los lugares que atribuimos a la ciencia en nuestra cultura, las personas que reconocemos como sus agentes y las formas de vida que logramos imaginar en relación con ella. Esta cuestión me interesa porque parece anteceder a muchas elecciones que, vistas retrospectivamente, tendemos a organizar bajo la rúbrica de la decisión individual. Para que una profesión, una trayectoria académica o determinada manera de estar en el mundo pueda ser efectivamente considerada por alguien, sería necesario, antes, que esa posibilidad hubiera adquirido cierta inteligibilidad cultural.

El problema comenzó a adquirir mayor nitidez para mí a partir de una investigación que dirigí con estudiantes de enseñanza media de una escuela pública de Belford Roxo. Al hablar sobre Ciencia y Tecnología, aquellos estudiantes articulaban algo más complejo que definiciones escolares o clasificaciones disciplinares. Aparecían maneras particulares de organizar el mundo, atribuciones de prestigio a ciertos conocimientos y distintos grados de plausibilidad conferidos a las trayectorias profesionales que reconocían a su alrededor. Algunas profesiones surgían con familiaridad casi inmediata al acercarlas al universo tecnocientífico; otras permanecían más distantes, aunque su ejercicio dependiera intensamente de conocimientos científicos, dispositivos técnicos o sistemas tecnológicos. Lo que estaba en juego parecía, por tanto, exceder la capacidad de clasificar correctamente una ocupación. Había allí un problema de legibilidad cultural y, en consecuencia, una cuestión acerca de los límites dentro de los cuales determinadas posibilidades de futuro podían imaginarse.

Es en este punto donde vengo recurriendo a la expresión imaginarios tecnocientíficos. Me interesa menos transformarla en una categoría rígida, suficientemente cerrada para acomodar aquello que los sujetos dicen y hacen, que utilizarla como una posibilidad de lectura de las configuraciones culturales que rodean aquello que reconocemos como Ciencia y Tecnología. La ciencia no llega hasta nosotros desprovista de historia. Circula acompañada de imágenes, expectativas, narrativas, personajes, instituciones y formas de autoridad sedimentadas a lo largo del tiempo. La tecnología, de manera semejante, lleva consigo promesas de progreso, temores de obsolescencia, imágenes de inteligencia, expectativas profesionales y concepciones acerca de lo que significaría estar preparado para un futuro reiteradamente presentado como tecnológico.

En este sentido, existe un posible acercamiento a la discusión desarrollada por Sheila Jasanoff y Sang-Hyun Kim en Dreamscapes of Modernity: Sociotechnical Imaginaries and the Fabrication of Power. Al trabajar con la noción de imaginarios sociotécnicos, los autores llaman la atención sobre formas colectivamente producidas de imaginar futuros deseables mediante la Ciencia y la Tecnología, relacionando esas visiones con proyectos de orden social, poder y vida colectiva. El acercamiento es productivo, aunque no pretendo tomar «imaginarios tecnocientíficos» e «imaginarios sociotécnicos» como expresiones intercambiables. Mi interés se sitúa en otra escala de observación. Me centro, sobre todo, en las operaciones de significación mediante las cuales sujetos concretos reconocen, traducen y reorganizan signos asociados a la Ciencia y la Tecnología cuando producen narrativas acerca de sí mismos, de profesiones y de futuros posibles.

Esta distinción me parece necesaria porque impide que el concepto se adelante excesivamente al material empírico. Siempre hay una seducción clasificatoria en la teoría, principalmente cuando encontramos una categoría capaz de organizar con elegancia aquello que observamos. Sin embargo, la elegancia de la explicación puede cobrar un precio elevado cuando el corpus pasa a servir únicamente como ilustración de una estructura ya decidida. Prefiero, en este sentido, tratar los conceptos como instrumentos de aproximación, permitiendo que establezcan un diálogo con el material sin exigir que los estudiantes se comporten como ejemplares de una teoría.

Es precisamente aquí donde la Semiótica de la Cultura ofrece, para la lectura que propongo, un campo particularmente productivo. En Universe of the Mind: A Semiotic Theory of Culture, Iuri Lotman desarrolla una concepción de la cultura como espacio semiótico heterogéneo, marcado por distintos lenguajes, fronteras, procesos de traducción y zonas de mayor o menor estabilidad. La noción de semiosfera permite comprender que ningún signo produce sentido de manera aislada. Su inteligibilidad depende de las relaciones que establece con otros signos, códigos, textos y sistemas de significación. La Ciencia y la Tecnología, observadas desde esta perspectiva, dejan de funcionar únicamente como nombres de campos del conocimiento y pasan a interesar también como signos culturales, inscritos en redes que les atribuyen determinados sentidos y restringen otros.

La cuestión de la frontera, tan importante en Lotman, adquiere aquí especial relevancia. La frontera semiótica, además de operar como división, funciona como espacio de traducción. Aquello que llega de otro sistema necesita reorganizarse para volverse inteligible. Esta operación ayuda a comprender por qué un mismo signo puede asumir funciones muy diferentes cuando atraviesa contextos culturales distintos. «Científico», «tecnología», «universidad», «ingeniería», «investigación» o incluso «futuro» no llevan significados estables que serían simplemente recibidos por los estudiantes. Estos signos se encuentran con memorias, experiencias escolares, relaciones familiares, productos mediáticos, condiciones socioeconómicas, expectativas de reconocimiento e innumerables otras textualidades que inciden en el modo en que serán comprendidos.

Esta perspectiva también me lleva a desconfiar de separaciones demasiado cómodas entre aquello que vendría «de la escuela» y aquello que vendría «de los medios». Tal distinción puede ser metodológicamente útil en determinadas circunstancias, aunque describe con dificultad la experiencia cultural concreta. Un vídeo visto en el teléfono móvil puede recuperar un vocabulario aprendido previamente en el aula; una explicación escolar puede adquirir sentido a partir de imágenes cuya gramática se fue asimilando mediante el cine, la televisión o los medios digitales; una conversación familiar sobre una profesión puede reorganizar expectativas anteriormente relacionadas con algún contenido mediático. La cultura no parece respetar las fronteras analíticas que construimos para estudiarla. Los sentidos atraviesan esas fronteras, experimentan traducciones, encuentran resistencias y regresan bajo nuevas configuraciones.

Por esta razón, la presencia considerable del audiovisual y de los medios digitales en la vida cotidiana de aquellos estudiantes merece considerarse con cautela, principalmente para que su recurrencia no se tome apresuradamente como explicación causal. El corpus permite reconocer regularidades, examinar apropiaciones y estudiar relaciones entre distintos elementos; no autoriza a afirmar que determinada imagen produciría mecánicamente determinada concepción. Entre circulación y apropiación existe trabajo semiótico. Aquello que llega al sujeto se encuentra con experiencias anteriores, valores, memorias, expectativas y zonas de resistencia, y puede incorporarse, deformarse, rechazarse, resignificarse o permanecer relativamente disponible hasta que otro contexto le atribuya una función distinta.

Esta cautela adquiere importancia cuando observamos que, al hablar sobre Ciencia y Tecnología, los estudiantes también hablaban sobre profesiones y, al hacerlo, producían pequeñas narrativas acerca del futuro. Este acercamiento comenzó a parecerme cada vez menos secundario. Una profesión solo puede integrar de manera relativamente concreta el horizonte de alguien cuando existe algún repertorio capaz de sostener su presencia en aquel universo posible. Es necesario reconocer esa actividad, atribuirle alguna forma de existencia concreta, comprender, aunque sea parcialmente, los espacios en los que se realiza y lograr imaginar algún recorrido capaz de articular el presente con esa posibilidad futura.

Hay, en este sentido, una diferencia importante entre desear abstractamente determinada profesión y contar con referencias culturales suficientes para narrar un camino que podría conducir hasta ella. El futuro necesita mediaciones. Necesita estar poblado por instituciones reconocibles, personas que puedan funcionar como referencia, lenguajes inteligibles y algún conocimiento de las etapas que estructuran una trayectoria. Cuando esas relaciones no logran establecerse, una posibilidad puede existir objetivamente y, aun así, permanecer culturalmente casi invisible para determinado sujeto.

Es precisamente en este punto donde la discusión de Arjun Appadurai, en The Capacity to Aspire: Culture and the Terms of Recognition, ofrece una interlocución que considero fértil. Al tratar la aspiración como una capacidad cultural y asociarla a una especie de competencia de navegación, Appadurai desplaza la discusión del futuro más allá de categorías como voluntad, deseo o mérito. Aspirar implica también conocer caminos, establecer relaciones entre etapas, reconocer instituciones, identificar posibilidades y disponer de referencias suficientes para imaginar los movimientos necesarios entre una situación presente y un estado futuro.

La metáfora de la navegación es particularmente interesante para el problema que estoy proponiendo. Navegar presupone algún mapa, aunque esté incompleto; presupone reconocer señales, orientarse entre alternativas y recalcular recorridos cuando una ruta deja de ser posible. Sin embargo, los sujetos no reciben los mismos mapas culturales ni disponen de las mismas oportunidades para aprender a utilizarlos. Es precisamente por ello que la desigualdad también puede pensarse en relación con las condiciones mediante las cuales determinados futuros se vuelven más o menos narrables. Con esto no me refiero a una sustitución de las condiciones materiales por una explicación cultural. Los ingresos, los desplazamientos, el acceso a la formación, el territorio, las redes de apoyo y otras condiciones concretas siguen delimitando decisivamente aquello que puede realizarse. El problema consiste en percibir cómo estas condiciones materiales están atravesadas por sistemas de significación que vuelven determinadas posibilidades reconocibles, distantes, deseables, improbables o siquiera formulables.

La discusión de Louise Archer, Emily Dawson, Jennifer DeWitt, Amy Seakins y Billy Wong acerca del capital científico añade otra capa a este problema. En «Science Capital: A Conceptual, Methodological, and Empirical Argument for Extending Bourdieusian Notions of Capital Beyond the Arts», los autores buscan comprender cómo las formas de capital cultural y social relacionadas con la ciencia se distribuyen de manera desigual y se asocian a las maneras en que los jóvenes reconocen la ciencia, se relacionan con ella e imaginan trayectorias futuras. El concepto conserva una matriz bourdieusiana y, por tanto, no coincide con la lectura semiótico-cultural que estoy desarrollando. Sin embargo, el diálogo me parece muy productivo precisamente porque llama la atención sobre algo que el corpus de Belford Roxo también sugiere: conocer ciencia, reconocer personas vinculadas a la ciencia, tener contacto con determinados repertorios y percibirse, o ser percibido, como alguien para quien la ciencia constituye un territorio posible son dimensiones que no necesariamente avanzan juntas.

Esta cuestión permite complejizar el problema. Un estudiante puede mostrar conocimientos científicos relativamente consistentes y, aun así, no reconocer una carrera científica como horizonte plausible para sí mismo. Puede consumir productos mediáticos intensamente relacionados con la tecnología y no identificar la red de profesiones que sostiene su producción. Puede atribuir gran prestigio social a la ciencia y, simultáneamente, percibirla como una actividad realizada por una categoría de personas a la que no pertenece. En estas situaciones, el problema difícilmente podría reducirse a un déficit de información. Lo que se plantea es una configuración de relaciones entre saber, reconocimiento, pertenencia, condiciones materiales y posibilidades de proyección del futuro.

Por ello, he venido pensando el proyecto de vida como una forma de texto cultural prospectivo. La formulación me interesa porque desplaza la noción de proyecto de una esfera exclusivamente psicológica, permitiendo observarla en el terreno de la significación. El futuro narrado por un sujeto se elabora con los materiales simbólicos de los que dispone, estando estos materiales atravesados por las condiciones concretas de su existencia. No pienso este texto como un guion concluido o una secuencia previamente establecida. Un texto prospectivo admite lagunas, vacilaciones, tachaduras, contradicciones y reescrituras. Puede acoger elementos todavía poco articulados, imágenes que no han encontrado un lugar definido y posibilidades que permanecen suspendidas antes de adquirir cierta estabilidad.

Volviendo a Lotman, podríamos comprender este movimiento también en términos de modelización. La cultura ofrece sistemas mediante los cuales el mundo adquiere organización y previsibilidad, permitiendo que algunos vínculos se vuelvan más fácilmente reconocibles mientras otros permanecen poco visibles. La modelización no determina mecánicamente el comportamiento. Organiza posibilidades de lectura. Un horizonte profesional, visto desde este ángulo, no corresponde únicamente a una elección situada en el futuro; comienza a producirse mucho antes, en las relaciones mediante las cuales determinadas posiciones sociales, instituciones, actividades y trayectorias adquieren sentido.

Esta formulación ayuda a comprender por qué me parece insuficiente tratar los imaginarios como una colección de imágenes añadida posteriormente a una realidad ya constituida. Aquello que parece natural, distante, prestigioso, peligroso, accesible o improbable llega al sujeto marcado por procesos culturales anteriores. Los imaginarios tecnocientíficos se refieren, precisamente, a estas formas de organización mediante las cuales la Ciencia y la Tecnología se vuelven culturalmente legibles y pasan a relacionarse con concepciones de trabajo, inteligencia, éxito, movilidad, futuro y reconocimiento.

Esta comprensión también permite acercar, con el debido cuidado, mi formulación a la discusión de los imaginarios sociotécnicos de Jasanoff y Kim. En Dreamscapes of Modernity, la Ciencia y la Tecnología aparecen relacionadas con visiones colectivas de futuros deseables y con concepciones de orden social. En el material que analizo, me interesa observar algo situado en una escala distinta: de qué manera fragmentos de esas grandes narrativas culturales pueden traducirse, reorganizarse o rechazarse cuando los jóvenes intentan narrar sus propios horizontes. Entre estos niveles existe una relación posible, aunque sería precipitado presumir una correspondencia directa. El imaginario socialmente estabilizado no desciende intacto hasta el individuo. Atraviesa fronteras, se encuentra con otras textualidades y puede asumir funciones inesperadas.

Es precisamente esta imbricación la que orienta la investigación que vengo desarrollando actualmente a partir del corpus producido en 2024. Volver a los mismos datos no significa repetir la tesis de maestría utilizando otro vocabulario. El corpus pasa a ser interrogado por otra pregunta: ¿de qué manera los sentidos culturalmente articulados en torno a la Ciencia y la Tecnología modelizan los horizontes profesionales y existenciales formulados por los estudiantes?

La pregunta produce también un desplazamiento metodológico. Una respuesta formulada antes de determinada actividad y otra producida posteriormente no deberían tomarse, sin mayores mediaciones, como evidencia de que la intervención «cambió» al estudiante. Entre una formulación y otra ocurrió un proceso de producción de sentido que necesita reconstruirse. Un ejemplo puede haber hecho posible una traducción anteriormente no disponible; una pregunta puede haber desplazado determinada frontera clasificatoria; una conversación colectiva puede haber creado nuevas relaciones entre signos ya conocidos. El interés, en este sentido, reside menos en constatar un cambio que en intentar comprender las condiciones semióticas que hicieron posible determinada reconfiguración.

Existe, además, una razón metodológica para insistir en esta prudencia. Trabajamos con un corpus compuesto por 26 estudiantes de una única escuela, producido bajo condiciones específicas de interacción. Las entrevistas colectivas incluyen superposiciones, influencias recíprocas, vacilaciones, acuerdos, silencios y distintas formas de mediación. Estos elementos forman parte de la propia situación cultural que buscamos comprender, por lo que no constituyen ruidos exteriores al material. Transformar estas intervenciones en representación de la «juventud brasileña» significaría abandonar precisamente aquello que considero más productivo en el corpus: la posibilidad de examinar, a una escala situada, cómo determinadas operaciones de significación se realizan concretamente.

Otro problema comienza entonces a adquirir relevancia. Existe una recurrencia contemporánea de discursos en los que el futuro aparece asociado a la necesidad de actualización permanente, a la adaptación, al dominio tecnológico y a la inversión continua sobre uno mismo. La Ciencia y la Tecnología pueden integrar esta gramática cuando se significan como promesas de movilidad, seguridad o acceso privilegiado a un futuro percibido como cada vez más dependiente de competencias técnicas. Sería posible acercar esta cuestión a las discusiones acerca de la racionalidad neoliberal y de las formas contemporáneas de subjetivación.

Por el momento, sin embargo, prefiero mantener esta relación en el campo de la hipótesis interpretativa. Necesita emerger de la confrontación con el corpus, evitando que una teoría elegida previamente pase a organizar aquello que los estudiantes pueden o no decir. Importa preservar precisamente los momentos en los que la narrativa vacila, se interrumpe, se contradice o sigue caminos imprevistos. Son estas zonas de inestabilidad las que impiden que el análisis funcione como una máquina clasificatoria y las que, quizá, revelen con mayor claridad el carácter vivo de los procesos culturales.

En este contexto, la propia idea de «ampliar horizontes» exige cautela. La expresión puede adquirir fácilmente una tonalidad edificante, como si bastara con ofrecer nuevas imágenes profesionales para que trayectorias antes improbables se volvieran disponibles. No me parece que el problema pueda plantearse en esos términos. Una posibilidad culturalmente imaginable sigue sometida a las condiciones materiales que atraviesan su realización. Sin embargo, el movimiento inverso también merece atención: la existencia objetiva de una oportunidad no garantiza que todos los sujetos la reconozcan como posibilidad. Entre existencia social y reconocimiento cultural hay un intervalo que la investigación educativa no siempre examina con el cuidado necesario.

Quizá sea precisamente en este intervalo donde el concepto de imaginarios tecnocientíficos pueda ofrecer alguna contribución. Permite observar la Ciencia y la Tecnología en un momento anterior a aquel en que aparecen organizadas como contenidos escolares o asumen la forma de decisiones profesionales aparentemente consolidadas. Permite interrogarlas como signos que atraviesan la organización cultural de la experiencia y, por esta vía, inciden en aquello que determinado sujeto logra reconocer como posible, improbable, deseable o distante para sí mismo.

La cultura científica asume así una dimensión más amplia que la contenida en la idea de transmisión de información. Involucra también formas de lectura mediante las cuales reconocemos la ciencia en lugares donde su presencia no resulta inmediatamente evidente, comprendemos relaciones entre conocimientos científicos y prácticas sociales, identificamos agentes, instituciones y procesos e interrogamos narrativas que asocian la tecnología con determinadas imágenes del futuro. Cuanto más restringido sea este repertorio de relaciones, menor tiende a ser el número de caminos que pueden reconocerse culturalmente. Su ampliación no elimina obstáculos materiales ni determina elecciones futuras; puede, sin embargo, reorganizar el campo simbólico dentro del cual una elección comienza a adquirir forma.

Vuelvo, así, al punto inicial. El creciente interés por los modos en que los jóvenes se relacionan con la Ciencia y la Tecnología no debería conducirnos únicamente a la pregunta acerca de aquello que saben. Sería necesario preguntar también qué mundos se vuelven legibles a partir de ese conocimiento, qué trayectorias pueden narrarse, qué figuras aparecen como posibles referencias y qué zonas permanecen fuera del campo de reconocimiento. Al realizar este movimiento, quizá podamos comprender con mayor precisión que la relación entre cultura científica y futuro no se establece solamente en el momento de la elección profesional. Viene produciéndose mucho antes, en los procesos cotidianos mediante los cuales ciertos caminos adquieren nombre, imagen, sentido y alguna posibilidad de existencia.

Por último, hay algo en esta discusión que me parece exigir un acercamiento todavía mayor a la filosofía. Cuando preguntamos de qué manera la Ciencia y la Tecnología modelizan futuros, estamos tocando inevitablemente cuestiones que sobrepasan la dimensión instrumental de la educación científica. Estamos preguntando qué sujetos pueden imaginarse, qué formas de vida adquieren legitimidad, qué concepciones del progreso organizan nuestros deseos y qué imágenes del futuro aprendemos a considerar deseables. Hay, por tanto, dimensiones epistemológicas, ontológicas, hermenéuticas y axiológicas que atraviesan el problema.

En este sentido, investigar los imaginarios tecnocientíficos significa también volver la pregunta hacia las bases culturales que sostienen nuestras propias concepciones de Ciencia, Tecnología y Educación. El futuro no se encuentra simplemente delante de nosotros, esperando que individuos autónomos elijan entre caminos previamente disponibles. Comienza a significarse en el presente, articulando condiciones materiales, experiencias, lenguajes y sistemas culturales mediante los cuales aprendemos a reconocer caminos y, del mismo modo, a percibir su ausencia. Quizá sea en este espacio todavía inestable, anterior a la elección plenamente formulada, donde la Ciencia, la Tecnología y la Educación revelen una de sus relaciones más interesantes: la cultura no escribe anticipadamente el futuro de los sujetos, aunque proporcione parte de los lenguajes con los que podrán intentar escribirlo.

Referencias

APPADURAI, Arjun. The capacity to aspire: culture and the terms of recognition. In: RAO, Vijayendra; WALTON, Michael (org.). Culture and public action. Stanford: Stanford University Press, 2004. p. 59-84.

ARCHER, Louise; DAWSON, Emily; DEWITT, Jennifer; SEAKINS, Amy; WONG, Billy. “Science capital”: a conceptual, methodological, and empirical argument for extending Bourdieusian notions of capital beyond the arts. Journal of Research in Science Teaching, v. 52, n. 7, p. 922-948, 2015. DOI: 10.1002/tea.21227.

JASANOFF, Sheila; KIM, Sang-Hyun (org.). Dreamscapes of modernity: sociotechnical imaginaries and the fabrication of power. Chicago: University of Chicago Press, 2015.

LOTMAN, Yuri M. Universe of the mind: a semiotic theory of culture. Bloomington: Indiana University Press, 1990.

LOTMAN, Iuri M. La semiosfera I: semiótica de la cultura y del texto. Madrid: Cátedra, 1996.

VASCONCELLOS, Danielle Pereira de. Imaginário de estudantes do ensino médio sobre os signos Ciência e Tecnologia em seus projetos de vida. 2024. Dissertação (Mestrado em Educação em Ciências e Saúde) — Instituto NUTES de Educação em Ciências e Saúde, Universidade Federal do Rio de Janeiro, Rio de Janeiro, 2024.


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