(…) y, entonces,
todo volvía a ser
gélido,
pendiente.
Eran raíces aéreas,
una cierta presión
en la frente
y un sabor de cántaro
en el agua de los ojos.
Estaba fresca la memoria
de la tarde de brisa,
del dolor lento-lento.
Era dolor hasta en el vello.
De esos dolores que comprimen la piel
hasta que el tiempo (jugo de la vida)
salga de los huesos
por los ojos.
Era dolor de frío incandescente.
De ese frío que duele en los dientes
cuando uno se sienta
solo
con-la-gente
a cenar
y el espejo muestra
que ya no da
—¡pena!—
dolor.
[“Hiperalgesia”, Glaucio Aranha]


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