Mareé durante dos vidas: espejos.
A veces, sórdido, cínico, dionisíaco,
pero siempre lírico pese a todo.
Todo fue granizo. Todo, glaciar.
Viví cordilleras de miradas briseantes
llevadas por el viento hacia el mar.
Navegué entre dobles, paralelos,
y parodié el orden de los días.
Todo fue cambio. Todo, destreza.
Los soles y lunas. Todo se lanza hacia mí.
Son como alianzas y lanzas de palabras húmedas,
palo de copas a espaldas del mundo,
en danza unida, en danza única,
en la última trenza al final de todo.
Busqué el Oeste con el ojo izquierdo
y orienté el Este con una sonrisa;
pegué Occidente a mis caninos;
guardé el ocaso entre las muelas;
con el ojo derecho vi la Vida abundante.
Al fin y al cabo, me añadí a mí mismo:
un tono de gris entre el yang y el yin.
En este que soy, qué poco me conozco:
sobre el suelo de casa, en añicos de espejos.
floresço.
[«Espelhos», Glaucio Aranha]


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