Los demonios me observan,
como a un campesino fugitivo.
Por encima de los hombros,
hay historia; y un temblor en cada paso.
La ilusión, entonces, incandescente en los ojos,
es hoy un tatuaje en la piel flácida.
***
De pronto, tú,
que me iluminas.
El loto de tus caricias
acortando las distancias que guarda el tiempo.
Si otro día yo era un arbusto,
hoy maduro entre flores:
una primavera ilegítima
prestada por tu risa.
Tus manos alrededor, como el rocío,
aliviando el fuego de las corrientes.
Redescubro océanos de detalles tuyos,
desde la rosa sobre la mesa hasta tu modo de comer.
Entonces me siento sucio:
manos crispadas bajo la piel,
dientes furiosos.
Algo en mí anhela acuarelas entre las nubes,
pero el vello erizado siente sed de espada.
***
Desde la ventana veo demonios sonriendo:
ojos vidriosos sobre el peso de mis hombros.
Siseando una palabra: «mentira».


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