¡Se acabó!
La fiesta, la risa, el jardín;
la frente preocupada y la alegría;
la convivencia con el fantasma justo encima;
la fantasía y la pose de cada día;
escuchar a quien apenas se anuncia
y no llega, no se muestra y me angustia.
Se acabó el «haz las cuentas», el juego de los niños;
la luz, el sueño, la afasia;
la ausencia entre las salas, el silencio,
no tener con quién sentir siquiera el frío;
la rutina y el paisaje inmutable pegado a la retina,
la soledad en la multitud de días.
Se acabaron los residuos, las esperanzas;
la infancia y la infancia y la infancia;
y aún la infancia.
Esta que fue tan abundante y tanto hasta ahora.
Se acabaron las horas, pues se acabó la espera.
Terminada la espera, se acabó la ventana;
la radio, o mejor dicho, la voz de la radio.
El periódico diario todo tachado: se acabó.
Y yo, feliz de que todo esté arruinado, estoy,
porque se acabó la ruina.
Pues sí,
todo quedó tan acabado
que nada queda ya.
La rendija se acabó, pero ¿de qué serviría
si ninguna luz habría de pasar
pues hasta la luz se acabó?;
y aun ella, ¿para qué serviría
si no había realmente nada que iluminar?
Ni un lumen. Todo acabado.
Se acabaron los posos del café y las lecturas compartidas.
Hasta mis ojos se acabaron.
Quedó la oscuridad,
pero por pereza de acabarse.
¿Yo?
Me acabé.
El poema escrito en esta tarde fría del fin de todo,
del fin del mundo interior,
de un ulterior inexistente,
de una perspectiva ausente,
de una carrera desistente,
de un abrigo persistente,
de una vida tan solo
latente,
de gente ausente para la gente,
del frío que entra prominente,
de una poesía enferma
de un poeta autoindulgente
al llamarse así, como suele hacerse,
y que al fin se desgarró entero con los dientes.
Se acabó
y, por fin…
[Começo, 2013.
En: Aranha, Glaucio. A sensação de não estar no todo. Río de Janeiro: Ciências e Cognição, 2025]

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