Ha llegado a mis manos el artículo Telemedicine: A New Health Care Delivery System (Bashshur, Sanders & Shannon, 2000). Aunque se trata de una publicación de hace años, plantea cuestiones relevantes que siguen siendo pertinentes. Una de ellas se refiere a la manera en que la telemedicina ya encerraba, hace más de dos décadas, un enorme potencial para transformar la educación en salud y que todavía necesita explorarse. Podría entenderse como una estrategia de enseñanza y aprendizaje capaz de atravesar fronteras geográficas, conectando personas, conocimientos y prácticas, más allá de su condición de recurso tecnológico.
Imaginemos a un médico en una pequeña ciudad del interior, a una enfermera en una comunidad ribereña o a un fisioterapeuta en un centro de salud alejado de las grandes ciudades. Gracias a la telemedicina, estos profesionales pueden participar en capacitaciones, cursos y discusiones de casos en tiempo real con especialistas de referencia, sin tener que desplazarse. Este tipo de conexión contribuye a democratizar el acceso a la formación continua, así como a crear redes de colaboración entre equipos multidisciplinarios distribuidos por todo el país (e incluso por el mundo).
El artículo también llamó mi atención sobre algo fundamental: trabajar con telemedicina exige que el profesional de salud desarrolle nuevas competencias, asunto estrechamente relacionado con una de mis actuales líneas de investigación sobre telemedicina, multilingüismo y multiculturalismo. Se requiere conocer el diagnóstico y el tratamiento, saber utilizar plataformas digitales, dominar protocolos de comunicación por vídeo y, sobre todo, comprender cómo ocurre la interacción cuando está mediada tecnológicamente, considerando los desafíos y las transformaciones de la escucha y del cuidado. Todo ello debería formar parte integrante de los currículos de las carreras sanitarias.
Otro aspecto que me llamó la atención fue el papel de la telemedicina en la educación de los pacientes y de las comunidades. Puede utilizarse para promover la salud, prevenir enfermedades y fomentar el autocuidado, aunque esto requiere materiales y métodos pedagógicos concebidos para públicos diversos, que sean claros, accesibles y culturalmente adecuados.
También merece consideración el impacto en la formación basada en evidencias: con teleconsultas grabadas, sesiones de segunda opinión y acceso a datos procedentes de distintos contextos, el repertorio de experiencias y casos disponibles para estudiar crece exponencialmente. Esto amplía la perspectiva de los profesionales y los prepara para actuar en escenarios más diversos.
Por supuesto, tampoco podemos ignorar los desafíos, que son numerosos. Existen aspectos éticos, legislación y particularidades culturales y filosóficas que intervienen de manera decisiva. Es necesario debatir sobre confidencialidad, consentimiento informado y cómo garantizar la calidad de la atención cuando la pantalla constituye el punto de encuentro. Estas discusiones deben estar en la base de la formación académica.
Un aspecto que muestra el artículo, y con el que estoy plenamente de acuerdo, es que la telemedicina puede ser mucho más que un recurso de atención a distancia. Cuando se integra adecuadamente en estrategias pedagógicas sólidas, puede revolucionar la manera en que formamos a los profesionales de la salud, haciéndola más conectada, colaborativa y acorde con las necesidades de nuestro tiempo.
Glaucio Aranha
Referencia
Bashshur, R. L., Reardon, T. G., & Shannon, G. W. (2000). Telemedicine: a new health care delivery system. Annual review of public health, 21, 613–637. https://doi.org/10.1146/annurev.publhealth.21.1.613

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