Queridos Klaus y Miguel,
Hoy, mientras regresaba del trabajo y veía ponerse el sol, pintando el cielo de tonos anaranjados y rosados, pensé que haberme convertido en padre a una edad más avanzada me había preparado muy bien para muchas cosas, pero que, por otro lado, podría reducir el tiempo que tendremos juntos. Sí, muchas personas tienen menos suerte de la que hemos tenido nosotros —y espero que sigamos teniéndola—, pero sentí nostalgia del futuro, ¿sabéis? Sí, nostalgia del futuro. Ya echo de menos el tiempo que no tendremos, tantas cosas que quiero compartir con vosotros, pero que, a los seis años que tenéis mientras escribo y grabo esta videocarta, todavía no estáis en esa etapa de sentaros a escuchar y reflexionar. Por eso decidí escribir estas cartas para que —ojalá— podáis conocer un poco a vuestro padre en un tiempo en que el resplandor de vuestro mundo todavía está en los muñecos de superhéroes y en el asombro ante los pequeños descubrimientos. En fin… Así que me siento a compartir con vosotros una historia muy especial: la de cómo llegasteis a nuestras vidas, a la de Alfred y a la mía, vuestros PapaiAlf y PapaiGal. No dudéis nunca de que es una historia de amor, esperanza y un poco de magia, una historia que quizá algún día contaréis a vuestros propios hijos.

Alfred y yo siempre soñamos con ser padres. Era un tema recurrente en nuestras conversaciones desde que éramos novios. Primero como una posibilidad lejana, y cada vez más como un sueño y un deseo. Pero, como somos una pareja de hombres, sabíamos que tendríamos que superar algunas barreras. Nuestro recorrido para traeros al mundo comenzó con la búsqueda de una donante de óvulos y de una gestante. Aquella búsqueda nos condujo a la lejana Georgia, en Europa, donde encontramos una agencia especializada en gestación subrogada que nos ayudó a localizar candidatas apropiadas. Por entonces, el proceso no era tan accesible ni tan sencillo como lo es hoy, especialmente en Brasil. Vivimos un periodo histórico importante en el que, pese a las resistencias conservadoras, el matrimonio entre personas del mismo sexo fue reconocido y regulado.
En una decisión audaz —y para nosotros mismos un poco disparatada—, optamos por intentar el embarazo con dos gestantes al mismo tiempo, cada una con material genético de uno de nosotros. Teníamos muchas ganas de tener dos hijos, y la naturaleza, a veces, tiene sus propios planes y sus propios ritmos. Las probabilidades de que no lo consiguiéramos en los primeros intentos eran altas, así que decidimos apostar fuerte. Acudimos a una agencia especializada que nos llevó por un largo recorrido de bancos de donantes, selección de candidatas para la gestación y, evidentemente, burocracia, pagos, pero, sobre todo, ansiedad por nuestra parte. Yo, que antes siempre había dormido como un tronco, desde el momento en que decidimos ser padres nunca volví a dormir del tirón como antes. Todo empezó durante la planificación, cuando me despertaba por las noches pensando en todo lo que necesitábamos preparar, comprobar, averiguar, etcétera, etcétera, etcétera.
Recuerdo como si fuera ayer nuestros planes, los contactos con la agencia y, finalmente, nuestro viaje a Phnom Penh, en Camboya. Fue allí, en aquella ciudad lejana y llena de historia, donde realizamos la fecundación in vitro y la inseminación artificial. La donante viajó hasta allí desde Ucrania, y nosotros desde Brasil. No llegamos a conocerla, ya que formaba parte del protocolo de algunas agencias, incluida la nuestra. Después, con el corazón lleno de esperanza, Alfred y yo viajamos a París.
Y entonces, unos días más tarde, en una noche parisina, recibimos la noticia que cambiaría nuestras vidas para siempre: la inseminación de la candidata Chum Sampors había tenido éxito. Por desgracia, el otro intento no prosperó, pero aquella noche nuestra alegría fue inconmensurable. Estábamos a punto de embarcarnos en la aventura más emocionante de nuestras vidas: seríamos padres.
Quiero que sepáis que cada paso de este camino estuvo guiado por el inmenso amor que ya sentíamos por vosotros, incluso antes de saber quiénes seríais. No sois solamente un sueño cumplido: sois la prueba viva de que el amor, en sus formas más diversas, puede crear milagros.
Sois nuestros pequeños milagros, Klaus y Miguel. Y cada día con vosotros es una nueva página de nuestra historia familiar, una historia de amor, resiliencia y felicidad. Espero que, al escuchar esta carta y las que vendrán después, sintáis el calor de nuestro amor envolviéndoos, como el abrazo que siempre estaremos dispuestos a daros, incluso cuando ya no estemos presentes.
Con todo mi amor,
Vuestro padre.
Glaucio Aranha — 04/01/2024

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