Negra, la noche. El cabello lacio, negro. Negros, los instantes que siguieron. Y yo… Yo, negramente sentado sobre mi silencio sobrenatural en el salón de mi casa. Bajo la mirada de sus ojos maquiavélicos (y tan solo). MirandO sus OjOs profundos de emociones negras. Desafiantes. Diabólicamente negros. Náufrago de un sueño. De un affair del tiempo. Tiempos negros. La veo ahora, hora tras hora; me mira fijamente, arroja los guantes y acepto el desafío, asumo los riesgos. Recuerdo sus curvas y me inclino ante el peligro que ella es. Inmóvil. No dice nada. Nada habla. Ni siquiera parpadea. Detrás del cristal, insiste en su sonrisa negra, en sus poses de artista. Mona Lisa. Torturantes ojos negros. Ojos sádicos. Yo, masoquista. Siento una ferocidad incierta en su sonrisa ginsbergiana. Me miento al ignorar su belleza. No resisto. Me entrego a la realidad. Navaja. Serpiente de lengua traicionera. Maligna y provocadora. Su veneno. Sus observaciones verdaderas.
Negro, su recuerdo. El cabello lacio. Tenue nube oscura. Los instantes… negros. Huyo por calles mórbidas que habitan mi mente. Me disperso por las autopistas mentales. Sus ojos, faros de luz alta encendidos. Desgarradoramente derraman torbellinos de recuerdos. Inmóvil. No dice nada. Nada habla. Ni siquiera parpadea. Libro batallas contra seres que me son extraños. Lucho contra dragones dadá: mutantes, enigmáticos. Beso sus ojos fríos. Caigo de rodillas. Beso sus pies, su vello, mientras tú saboreas mi miedo. Iceberg. La indiferencia me atormenta. No hay ungüento que la disfrace o atenúe. Libera mi miedo, impreco. Insisto en correr, delirante, por el laberinto de mi intelecto. Exhausto. Atados, los sentidos. Caído en el claustro de tu egoísmo. Esclavo. Prisionero. Y a cada paso se abre una trampilla. Pasadizos más que secretos de mis castillos del horror. Caminante.
Esculturalmente esculpidos los pleonasmos simétricos de tus dedos, tus brazos, tus ojos. Refugios, busco. No encuentro. Tiemblo. Perdido en los ciclones del inconsistente inconsciente. Perdido en lágrimas por las que navego sin brújula. Solo. Solamente yo y los recuerdos negros. Su voz todavía resonando a través del cristal del portarretratos. Una vez más, por un desvarío más. Me arrojo desde psicopuentes. Suicida accidental en existencias oníricas.
Me mato una vez más, con cada impulso eléctrico de mi cerebro, con cada letra emborronada en una hoja de papel. Ejecutado por la mano de mis propias ilusiones, de un disparo de punto final.
[«Voo Livre». En: ARANHA, Glaucio. A sensação de não estar no todo. Río de Janeiro: Ciências e Cognição, 2025.]

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