El teléfono

Sobre la estantería, el teléfono. Un objeto arqueológico y disfuncional. En la pantalla, los iconos de llamada superpuestos a la imagen de un gato de angora neón que ella había elegido. Llegué, miré, salí. Regresé, miré, salí. Repetí. Repetí. Soy un disco rayado. Todavía soy vinilo. Mis nervios destrozados en mil láminas de cobre se…

Sobre la estantería, el teléfono. Un objeto arqueológico y disfuncional. En la pantalla, los iconos de llamada superpuestos a la imagen de un gato de angora neón que ella había elegido.

Llegué, miré, salí. Regresé, miré, salí. Repetí. Repetí. Soy un disco rayado. Todavía soy vinilo. Mis nervios destrozados en mil láminas de cobre se deshilachan. En la cocina me embadurno la boca con robustos trozos de pudin. Lo devoro entero. Mi corazón arrojó el reloj a la basura y sustituyó el tictac por un pum-pum. Volví al salón. Miré y, de pronto, súbita, inesperadamente, nada. No sucedió nada. Volví a la cocina. Comí gelatina. Golpeaba su cuerpo velozmente. Esgrima. La cuchara era una extensión inorgánica de mis dedos. Ni siquiera recuerdo el sabor, pues empapé la boca con un trozo de pavé. Ahora, inmóvil, miro el teléfono. Desisto. Arrojo la toalla alrededor del cuerpo.

Salí de la ducha. Ya estoy sudando. Sigo pensando cinematográficamente. Dibujando mis movimientos, viñeta tras viñeta, en el periódico de mis segundos. Continué comiendo en una tormenta de anhelos; anhelo. Tormenta en los labios. Lascivia, gula. Y todavía más anhelos. Ahorqué la sed con leche, zumo de uva y agua. Exterminé la existencia del pavé, del quindim, del sueño, de la pasión y de lo que apareciera. Pinté alegría en una hoja de lechuga y la devoré. Oruga.

Mudo, el teléfono. Allí tirado en el suelo, cable estirado, enchufe conectado, tan relajado, tan a sus anchas… ¿Cuántos años habrá cumplido solamente hoy? Y mudo. Desgraciadamente, mudo. Insoportablemente, mudo. Anestesiadamente, mudo. Angustiadamente… Todo igual, incluso yo. También comí angu dulce. Solo por no ser de Minas Gerais dejé de comerme un «trem», como llaman allí a cualquier cosa. Me crecían las orejas para escuchar ningún sonido. Enormes. Espero. Gigantes. Espero. Inconmensurables. Espero. Espeero. Espeeero. Espeeeero. Espeeeeeero. Aliado a la soledad de todos los diablos, espero. Él, mudo, calladísimo, a lo suyo.

Soy tímido, pero a veces me gusta parlotear. Ya me sé de memoria todas las letras del salón: las paredes color de espanto; el sofá medio perezoso; el cuadro de «a mí qué más me da»; la ventana calculadora; y las mudas palabras de un teléfono cubista. Mudo. Encendí la televisión: otra telenovela. Apagué la televisión: no veo telenovelas. Los tebeos y las películas son mucho más rápidos. Tan impaciente como soy, en las orillas del Ipiranga susurré mi independencia. Silencié la pantalla. Él, mudo. Injusticia. Adusto. Nada provoca una mutación en ese muerto tendido en el suelo. Todo tan callado. Yo, que era verano, estoy helado. Todo tan dialogado en la ausencia de sonidos. Ionesco.

Recordé, perdí, olvidé. Me pongo un jersey. Refrescó. Atardecer. Llevo aquí desde las ocho de la mañana. Con ganas de desatarlo todo, sin nadie con quien salir. I miss. Quería ir al cine a ver Valmont. Her. Tendría que haber quedado con ella para que viniera aquí. O quizá yo, allí. Vuelvo a mirar al mudo que me sonríe con sarcasmo. Pienso en romperlo… Desisto. Sigo comiendo. Glotón: ¿lo soy o lo estoy?

«Hola», coqueteo con el mando a distancia. Rozo con los dedos sus botones, pero no funciona. Somos apenas buenos amigos. Lo enciendo. Veo un concierto de Madonna. Qué chica más atrevida. Y Madonna también. Mi mente claustrofóbica no soporta el hermetismo de mi cráneo. Si pudiera, huiría rompiendo sinapsis. Escucho a Madonna, como, bailo, como, camino, como. Paso delante del teléfono. Lo encaro. De su boca, ni un escupitajo. Termina el concierto. Hojeo un cómic: «Sueño de una noche de verano». Puck se escapó de las viñetas. Hoy vive entre nosotros. Mis ojos pesan como camiones de hormigón. Yo, que soy tan abstracto. Por fin, sonó. Corro. Contesto:

—¿Diga? Sí… Ya… Está bien… Lo dejamos para la próxima… Hasta me viene bien, porque tengo tantas cosas que ordenar… De verdad… Hasta pensé en llamarte para cancelar, pero creí que te enfadarías… Adiós…

Espero hasta la última milésima de segundo. Plazo de caducidad. Ella cuelga. Hoy no la veré, ni a ella, ni la película, ni… Como. Quizá sea intencionado y le gusten los hombres gordos. Pongo el teléfono sobre el muslo y lo acaricio. Vamos a ver El hombre elefante.

[«O telefone». En: ARANHA, Glaucio. A sensação de não estar no todo. Río de Janeiro: Ciências e Cognição, 2025.]


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