—Señoras y señores, lamentablemente el Hombre-Dinosaurio no podrá presentarse hoy debido a un rechazo en su última intervención de modificación corporal. Pero tendremos el placer de presentarles… ¡¡¡AL HOMBRE-BOMBA!!! Dentro de unos minutos.
Yo estaba sentado en la penúltima fila de las gradas. Un compañero del trabajo, Ratón, me había invitado insistentemente a ver al Increíble Hombre-Dinosaurio. Ahora subía los escalones hacia mí con una bolsa gigantesca de palomitas, que le había costado casi lo mismo que diez bolsas de maíz. Para acompañar aquel festín había comprado un cubo de refresco. Ratón me había prometido un espectáculo alternativo donde la modificación corporal era la atracción principal. A decir verdad, el local no pasaba de ser una pequeña carpa, un minicirco. Había comprado las entradas con mucha antelación porque —según él— se agotaban enseguida, algo que parecía cierto, pues quedaban muy pocos asientos libres y seguía entrando gente. Yo no acababa de entender la sustitución hasta que Ratón se sentó a mi lado.
—¿Lo has oído? ¡No me lo puedo creer! Lo estaban comentando en la cola de las palomitas. ¡Es que no me lo creo! El Hombre-Dinosaurio es una de las figuras más clásicas de aquí. Es el único que sigue desde que comenzó el proyecto. ¡Se ha hecho ciento tres operaciones! ¿Te lo imaginas? Ya le han modificado el cuerpo entero. ¡Joder, es maravilloso! Le sometieron la piel a un proceso para volverla escamosa y muy áspera. La cara… Tío, es indescriptible. ¡En serio! ¡Increíble! Tiene todo el cuerpo tatuado de un verde genial. Es como mirar a un lagarto de verdad. Incluso puedes pagar un poco más para tocarle la piel después del espectáculo. Es caro, pero merece la pena. Es una obra de arte. ¡Tiene tantas prótesis en la cabeza que no se puede describir! Para que te hagas una idea, la última vez tenía las fosas nasales normales. ¿Y sabes qué me han contado? Que se las ensancharon tanto que ahora debe de caber un puño cerrado en cada una. Eso sí que me gustaría verlo. Una vez oí a una mujer decir que alguien le había contado que él había perdido algo de audición porque se cortó las orejas para mejorar la aerodinámica. Un tipo se extrañó, pero ella lo dejó sin argumentos al recordarle a Van Gogh. ¡Joder! No supo qué responder. El arte es arte y punto. El artista es quien se entrega por completo. La última vez todavía tenía orejas. No puedo creer que hoy no salga. ¡Ese tío está entregado a su arte! Hasta se sometió a quimioterapia para perder todo el vello. Lo leí el otro día. ¿Y cuando se da la vuelta? Tiene unas espículas increíbles que le salen de la columna. En la cola decían que fue a ponerse otra, pero su cuerpo la rechazó y quedó parapléjico. Increíble. Tuvo que ser un error médico. Seguro. Pero según la gente de la cola ya han dicho que superará la desgracia: anunció que se amputará las piernas y adaptará su cuerpo a un soporte con forma de patas de dinosaurio. Total, como ya no va a caminar, ¡es una idea cojonuda!, ¿no?
Ratón se dio entonces unas palmadas en las piernas y me pidió silencio, aunque yo ni siquiera había abierto la boca. Era así: un tipo abierto al monólogo.
—No conozco a este nuevo. Ese Hombre-Bomba. Será un espectáculo corto improvisado —susurró.
Después de la descripción que Ratón había hecho del Hombre-Dinosaurio, el nombre de la atracción sustituta me parecía bastante obvio. Un Hombre-Bomba. Me resultaba evidente lo que iba a pasar, pero la ansiedad de Ratón ante lo que venía comenzó a condimentar aquel cóctel de circunstancias. Mis ojos recorrían en silencio su expresión de deslumbramiento infantil. Vi la misma expresión reproducida en los rostros de muchas personas del público —salvo las numerosas que tenían la cara hundida en sus móviles— mientras el escenario continuaba en penumbra.
Cambió la iluminación: el público quedó a oscuras y un haz de luces bailó por el escenario hasta fijarse en un hombre de belleza mediana que apareció con aire circense, vestido con un traje ceñido blanco, botas y cinturón plateados. A su lado colocaron una caja de gruesas paredes de cristal en la parte frontal y en los costados, con el fondo blanco. El hombre sonrió ampliamente a los dos ayudantes. Miré a Ratón. Parecía que había dejado de respirar, con la boca abierta patéticamente y la mandíbula a la deriva, no sé muy bien.
Subió el volumen de la música y el hombre, en una escena bastante ridícula, se arrancó el traje ajustado y quedó únicamente con un bañador enorme. Aquella actuación idiota parecía, sin embargo, ser tomada en serio por todos los presentes, incluido Ratón, que temblaba convulsivamente. El hombre entró en aquella especie de acuario. No estaba gordo ni delgado; tenía algunos depósitos de grasa aquí y allá, pero en general era un cuerpo de clase media. Parecía más bien el Hombre-Insignificante que el Hombre-Bomba. Los ayudantes sellaron el acuario. El Hombre-Bomba abrió lentamente la boca y de ella apareció algo voluminoso y oscuro. Se llevó la mano a los labios y mostró una anilla pequeña. Antes de que el público pudiera reaccionar —si es que hubiera reaccionado—, las paredes del acuario se cubrieron de rojo después de una explosión seca. Siguieron uno o dos segundos de silencio y el público se puso de pie para aplaudir, entre admiración, júbilo y orgasmo consumista. La homogeneidad se deshizo: unos gritaban, otros lloraban y sonreían simultáneamente; algunos abrazaban a la persona de al lado, otros se abrazaban a sí mismos, como si la experiencia los hubiera separado de la totalidad. Fue una escena de reverencia histérica y goce religioso.
Ratón saltaba y bramaba «¡Bestial!», como quien celebra una victoria muy disputada de su equipo favorito en una final, quizá todavía más. Hacía pequeñas pausas para darme codazos dolorosos y repetir: «¿Qué ha sido eso, tío? ¿Qué ha sido eso?».
—Señoras y señores, acabamos de presenciar la espectacular actuación única del ¡HOMBRE-BOMBA! Su bañador se someterá a un secado exprés y será subastado al final de las actuaciones de esta noche. El cuarenta por ciento de lo recaudado se destinará a la causa indicada por el espectacular Hombre-Bomba, y el importe de la puja ganadora podrá deducirse del impuesto sobre la renta como apoyo a las artes y la cultura. ¡Y ADEMÁS! Podrán adquirir fragmentos de su cuerpo en cuanto sean deshidratados y desinfectados. También podrán comprar por Internet en nuestro portal. Descarguen nuestra aplicación y conozcan las próximas atracciones, con descuentos increíbles y acceso a entradas y asientos preferentes.
De pronto me pasó algo extraño. Una sensación de que el estómago flotaba en algún punto entre las caderas y el cuello. Le pregunté a Ratón si se marcharía conmigo.
—¿Ya? Si esta es la primera atracción —Ratón quería ver las demás y pujar por los calzoncillos o el bañador, qué más daba—. Tío, la recaudación va a una obra benéfica. ¡Es una causa humanitaria! ¿No vas a pujar?
Me despedí y salí. Aquella noche soñé con una multitud de personas de clase media con las piernas amputadas, subastadas en un estudio de tatuajes. El subastador era una boca muy parecida a la sonrisa del gato de Alicia. Poco antes de despertarme compraba un gran acuario, un pez japonés y una katana, con la promesa del vendedor de que el pez se haría el harakiri. Desperté sorprendido por una polución nocturna y los ecos de un orgasmo.
Por la mañana bebí un vaso de zumo de tomate; junto al cristal, el color me pareció menos intenso que de costumbre. Revisé el correo electrónico. Miré la previsión meteorológica. Vi las noticias sobre el tráfico mientras me vestía. Fui a trabajar. Al llegar me enteré de que un compañero había dimitido y me dirigí al despacho de Ratón, que había manifestado varias veces su deseo de dejar la empresa. No estaba allí, pero sí sus cosas, dentro de lo que permitía la política de despersonalización del entorno laboral, que desaconsejaba dejar objetos personales de cualquier clase sobre mesas y mostradores.
Una persona del despacho dijo que Ratón había ido al baño. Así era. Más tarde almorzamos juntos. Normalmente prefiero las ensaladas para evitar subir de peso, pero aquella mañana había despertado con ganas de ir a un asador.
—¿Qué fue aquello de ayer, eh? —preguntó Ratón.
—¿Lo del Hombre-Bomba?
—¡Nooooo! ¡Aquel cubo de palomitas! Pasé toda la noche eructando palomitas, tío. Oye, ¿qué Hombre-Bomba?
—El de la función de ayer.
—¡Ah, sí! Tremendo. No conseguí adjudicarme el bañador. Quería regalárselo a mi sobrino. Le habría encantado.
—Qué pena.
—Pues sí, pero logré sacar una foto a escondidas y subirla a Facebook.
—¿Muchos «me gusta»?
—Pocos. La gente pensó que era un montaje. La próxima vez lo grabo en vídeo. Y la guapa de Lídia, ¿eh?
[«O incrível Homem-Dinossauro!», Glaucio Aranha, 2016]


Deixe um comentário