Capítulo 2 — El vaso y la lluvia

El jueves siguiente, Lia ya estaba en la cama antes de que el abuelo Samuel llegara con su silla. La vieja linternita descansaba junto a la almohada y ella ya había rezado sus oraciones. Estaba deseando contarle las lucecitas que había encontrado y llegó a asustarse cuando sus padres dijeron que quizá no pudieran ir a la sinagoga, porque tenía muchas ganas de ver a su abuelo. No quiso decir nada mientras cenaban ni durante las conversaciones de después. Quería guardarlo para la habitación, para la hora de acostarse. El viernes anterior por la mañana, él le había regalado un cuaderno de tapas verdes, forrado por él mismo. Lia se lo había llevado a casa y había anotado cosas en él con muchísimo cariño.

—¡Abuelo, me acordé! —dijo ella, casi dando saltos en la cama—. Busqué las tres luces escondidas.

El abuelo Samuel sonrió, alzando las cejas grises, y se sentó. Ya empezaba a pensar que ella se había olvidado. Después de todo, no había dicho una palabra sobre el asunto hasta aquel momento. Pero entonces comprendió que estar allí, en la habitación, convertía ese instante en un tiempo y un lugar especiales para los dos: ella había esperado a que entraran en el cuarto y llegara la hora de dormir para sacar el tema.

—¡Qué bien, querida mía! Entonces, cuéntame.

Lia levantó un dedo. Clavó sus ojitos en los de su abuelo para dar énfasis y demostrar que iba a hablar de algo serio. A él siempre se le llenaba el corazón de alegría al ver cómo aquellos gestos de las manitas intensificaban todo lo que ella decía. Y esta vez no fue diferente.

—Mira, la luz que encontré en mí fue cuando le presté mis lápices a Joana sin protestar. Siempre le digo que tiene que devolvérmelos y que no puede morderlos, pero el otro día iba a decírselo y no lo dije. Creo que se me olvidó. Los usó, me los devolvió y no tenían ni una marca de dientes. Entonces me di cuenta de que era un poco tonta por repetirle siempre que no lo hiciera, porque ella siempre me los devolvía y nunca los mordía. Me puse contenta al descubrir que puedo confiar en ella sin tener que estar avisándola.

Levantó otro dedito.

—La luz en otra persona fue la del portero. ¿Sabes por qué? —El abuelo Samuel negó con la cabeza, manteniendo aquella expresión curiosa y admirada—. Porque ayudó a una señora con las bolsas a la entrada del edificio. Ella llevaba un montón de bolsas y le costaba caminar. Al principio dijo que no hacía falta, pero cuando él la ayudó, puso una cara de estar muy contenta de recibir ayuda.

Levantó el tercer dedito, poniendo cara de haber sido muy lista.

—Y la luz del mundo… ¡Fue la lluvia! —dijo alzando la voz, mientras su abuelo inclinaba la cabeza, queriendo comprender mejor aquella parte—. Sí, la lluvia. Porque hacía calor y después empezó a hacer fresquito, y fue tan agradable. Y las plantas del balcón se pusieron contentas, porque el agua les quitó el polvo, mojó las macetas y las hojas, que estaban un poco mustias, volvieron a ponerse firmes. Yo creo que se alegraron.

El abuelo sonrió aún más, resaltando los pómulos de su rostro. Fue una de esas sonrisas que empiezan en los ojos y terminan iluminando toda la cara.

—¡Vaya! Veo que de verdad estás entrenando muy bien los ojos del corazón. ¡Enhorabuena!

Lia se acomodó, orgullosa y feliz por el comentario de su abuelo. Se recostó sobre la almohada con la dulce solemnidad de quien prepara un pequeño ritual.

—¿Y cuál es la segunda lección de la Cábala, abuelo?

Él miró hacia la ventana. Afuera caían gotitas finas que dibujaban pequeños trazos brillantes a la luz de la calle. Entonces arqueó una ceja. Era una de esas personas que hablan con el rostro, y las arrugas lo demostraban.

—Mmm… Hoy te voy a hablar de algo que parece invisible, pero que puede cambiarlo todo.

—¿Qué?

—La intención.

La niña puso cara de duda. Por lo visto, el énfasis que su abuelo había puesto en aquella palabra no había producido el efecto que él esperaba.

—¿La intención es como tener ganas de algo? —preguntó ella, sin estar muy segura de sus propias palabras.

—Se parece, pero la intención es el «para qué» de algo. Dos personas pueden realizar la misma acción con intenciones diferentes. Espera un momento. —Se levantó y salió de la habitación. Poco después regresó con dos vasos iguales y una jarra de agua—. ¡Experimento para antes de dormir!

El abuelo Samuel colocó los dos vasos sobre la cómoda. Llenó el primero hasta la mitad y después hizo lo mismo con el segundo.

—¡Son iguales! —dijo Lia.

—Por fuera, sí. Ahora imagina dos situaciones. —Señaló el primer vaso—. Este es el agua que alguien ofrece a otra persona diciendo: «Anda, bebe de una vez». Y este otro es el agua que alguien ofrece diciendo: «Me he dado cuenta de que tienes sed. Bebe un poco». ¿Te parece la misma agua?

Lia miró los vasos en silencio y asintió. Estaba completamente segura de su respuesta: los dos vasos se habían llenado con agua de la misma jarra, así que no podían contener otra cosa que la misma agua, repartida en dos vasos.

—Ahí está la clave de nuestra conversación de hoy: el agua de ambos vasos es y, al mismo tiempo, no es igual, porque es la misma agua que salió de la jarra y llegó a la boca, pero son dos aguas muy distintas cuando llegan al corazón.

Lia pensó un momento, bajó la mirada y movió los dedos como si enrollara una cinta invisible.

—Ya entiendo. La intención es como… —Entonces puso una cara desanimada.

—¿Qué ocurre? ¿De verdad lo has entendido? —preguntó su abuelo con dulzura.

—Creo que sí. Es que cuando papá aparcó el coche aquí hoy, me pidió un beso y yo le dije que no, porque tenía tantas ganas de bajar del coche y venir a verte que no quería tardar en entrar. Pero él sonrió con una sonrisa que no parecía una sonrisa de verdad. ¿Sabes? Como una sonrisa un poquito triste. ¿Será que pensó que mi intención…?

El abuelo Samuel tomó la pequeña mano clara de su nieta y, enseguida, la besó.

—Eres extraordinaria, querida mía. Pero vamos a pensarlo con cariño, porque, como tantas cosas, es una cuestión sencilla y complicada a la vez. Y eso es natural. Sí, la intención tiene que ver con lo que pasó. Seguramente él te pidió un beso con la buena intención de mostrarte que, aunque esta noche se separara de ti, te quiere mucho y te echaría de menos. Y, en el fondo, quizá esperaba que tú le demostraras con el beso que sabías que te quiere y que iba a volver. En cambio, cuando dijiste que no y saliste corriendo del coche, tu intención también era buena: querías encontrarme y estar conmigo. ¿Puede que se pusiera un poquito triste? Sí, porque siempre nos hacemos expectativas sobre la respuesta de los demás. Pero seguro que vio la lucecita que brillaba en ti y volvió a alegrarse, porque comprendió que tu intención no era hacerle daño.  Así que entiéndelo de esta manera: la intención es la dirección de la luz.

A Lia le gustó escuchar la explicación de su abuelo, pero el recuerdo de lo sucedido en el coche todavía la inquietaba.

—La dirección de la luz… Abuelo, si mañana, cuando vea a papá, le doy un beso muy largo y le digo que es un beso porque lo he echado de menos y también para pedirle perdón, ¿comprenderá mi intención?

—Por supuesto —dijo, besando otra vez la mano de su nieta—. En principio ni siquiera sería necesario, pero si tu corazón te dice que lo hagas, hazlo. Estás dando a tu luz una dirección muy hermosa, y eso nos llevará a otra cuestión que ya estás adelantando, llamada responsabilidad.

Fuera, la lluvia empezó a caer con algo más de fuerza. Su sonido era suave, como el de unos pajaritos picoteando la ventana. El abuelo Samuel se levantó y bajó un poco la intensidad de la lámpara. Al ver que los relámpagos eran cada vez más frecuentes, cerró las cortinas para que su resplandor no perturbara el sueño de Lia. Ella se fijó en aquel gesto.

—Sabes, Lia, en la Cábala aprendemos que no basta con hacer las cosas. También importa cómo las hacemos y con qué intención. Una palabra puede ayudar a alguien o hacerle daño, puede herir, pero también puede curar. A veces es exactamente la misma palabra, solo que dicha desde otro corazón. Yo también he dicho cosas con una intención y no me he dado cuenta de que llegaban a oídos ajenos de una manera distinta. Nuestra intención también puede equivocarse, ¿lo sabías? Podemos creer que estamos ayudando y descubrir después que quienes estábamos equivocados éramos nosotros. Por eso es tan importante pensar siempre en lo que hacemos, en cuál fue nuestra intención en un momento determinado y en si podemos cambiarla, revisarla… Pero esa es otra historia… Creo que has entendido bien la conversación de hoy: todo lo que hacemos cambia de sentido según la intención con la que lo hagamos.

Lia se acordó de una vez que le dijo «vale» a su profesora de mala manera, y de otra en la que dijo exactamente lo mismo, pero acompañándolo de un abrazo.

—Ya entiendo… Como cuando ordeno mi habitación porque papá me lo manda o cuando la ordeno porque quiero que la casa esté más bonita, ¿verdad?

—Eso es.

—Es una sola cosa, pero al mismo tiempo no lo es, ¿no?

—Exactamente. Cambia por dentro y muchas veces también cambia por fuera. —Tomó la linternita y la encendió. El círculo de luz volvió a aparecer en el techo—. ¿Recuerdas la primera lección? ¿Aprender a percibir la luz?

Lia asintió. Sus ojos empezaban a mostrar que el sueño ya se acercaba.

—La segunda es esta: aprender a poner una buena intención en las cosas, aunque sea algo muy sencillo. —Apagó la linterna y continuó—. Cuando dices «buenos días», cuando guardas un juguete, cuando escuchas a alguien, cuando compartes un trozo de pan. La intención es una especie de llave invisible.

—¿La llave de qué?

—La llave que abre la mejor parte de nosotros y de la acción que estamos realizando.

Lia permaneció callada, pensando. Después preguntó:

—¿Y una persona puede hacer algo bueno con una mala intención?

El abuelo Samuel inspiró lentamente, dejó escapar un suspiro profundo y respondió sin prisas:

—Puede pasar. Somos seres humanos. Por eso tenemos que entrenarnos. —Esta vez sonrió hacia dentro: los labios sonreían, pero los ojos se cerraron, como si la sonrisa fuera el reconocimiento íntimo de algo—. La Cábala no es para personas perfectas. No, es para personas atentas, con ganas de corregir sus errores.

—Abuelo, ahora me está entrando muchísimo sueño. ¿Puedo practicar mañana?

—Debes hacerlo.

—¿Cómo?

Él señaló los dos vasos.

—Elige una cosa sencilla que puedas hacer con una buena intención. Solo una. Puede ser algo pequeño, pero antes de hacerlo detente un momento y pregúntate: «¿Qué luz quiero poner en esto?». —Y le guiñó un ojo.

Lia sonrió.

—Vale. Ya lo sé. Mañana voy a ponerle agua al gato, pero con la intención de cuidarlo, no solo porque papá me lo pide, ¿verdad?

—Excelente comienzo.

Ella cerró los ojos, abrazando otra vez la linternita. Seguía lloviendo, cada vez con más fuerza, y ahora las gotas golpeaban la ventana como una bandada de pájaros en pleno vuelo. Los truenos sonaban más alto. Probablemente continuaría así toda la noche, pero la habitación estaba cálida, mullida y acogedora. Casi dormida, la niña murmuró:

—Abuelo…

—¿Mmm?

—¿La intención también espera, igual que la luz?

Él le acomodó la manta sobre los hombros.

—Claro que espera. Y cuando te acuerdas de ella, hasta un gesto pequeño se vuelve más grande por dentro.

Aquella noche, Lia soñó que llevaba dos vasos transparentes: uno contenía agua y el otro, resplandor. Al despertar, no estaba segura de cuál era cuál ni recordaba el resto del sueño. Solo habían quedado guardadas las imágenes de los dos vasos.

(Aranha, Glaucio. Capítulo 2 — O copo e a chuva. In: O labirinto de luz. Rio de Janeiro: Ciências e Cognição, 2026.)

Ilustración del libro O labirinto de luz, de Glaucio Aranha